domingo, 22 de febrero de 2015

LAS LECCIONES DE BERNABÉ JURADO (Segunda parte).

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Treinta años de edad, Bernabé Jurado ya era un Licenciado en Derecho, con amplia experiencia en materia laboral y simpatía entre las personas más humildes. Sus dotes de líder no solamente lo habían hecho ganarse la simpatía de las personas “de abajo”, sino también, con los “de arriba”. Podía inclusive pedirle audiencia al Presidente y concedérsela por tratarse de su persona, podía inclusive pedirle que se le otorgará asilo político al líder ruso Leon Trosky y hacer que el general, acordara satisfactoriamente su petición, no porque se lo pidiera Jurado, sino porque el joven abogado, tenía la valentía de pedir las cosas más absurdas que otros en su sano juicio, no lo hubieran hecho, nada mejor que un profesional que sabe adivinar lo que piensan sus jefes y estimularlos a que éstos formalicen sus decisiones.  

 Era pues, el momento de demostrar su lealtad al régimen, a su mentor el maestro Vicente Lombardo Toledano y obviamente, al Presidente de la República, general Lázaro Cárdenas del Rio. Para ello la “clase obrera” se encontraba plenamente organizada, Bernabe Jurado con la experiencia de controlar a los estudiantes a base del terror y el agandalle, no le costaría trabajo “convencer” a los obreros de apoyar cuanta manifestación organizará el Partido y la CTM.  No era para más, no bastaba sacar la pistola y acompañarse de sus golpeadores, solamente había que prometerles que tendrían  ”su planta”, o que les conseguiría empleo a sus hijos o que se les aumentaría el sueldo o no serían lanzados de las vecindades en los que estos vivían; poco entiende la gente humilde de cuestiones políticas, pero si de promesas, el mero anhelo de sobrevivencia, hace que los trabajadores se presten hacer cosas, para engañar a los hombres de poder. Nada mejor, que realizar concentraciones masivas en el zócalo capitalino en apoyo al Presidente.

 – “¡Es hora de defender la Revolución Mexicana¡”, -  convócate a las personas de tu confianza y la ruta será, expulsar a los “almazanistas” de las casillas. Así pues, con una brigada de pistoleros, Bernabé Jurado con metralleta en mano, se transportaba en algunos autobuses del servicio público concesionado, en compañía de sus “cuates”, de uno que otro compadre y de los trabajadores que cubrían “militancia sindical”, para echar balazos al aire o en los edificios de al lado, sin importarle sin mataba alguien o no y con ello,  poder así “recuperar” las casillas donde se recibía la votación de las elecciones presidenciales, correr a esos putos “almazanistas”, traidores a la patria, reaccionarios jijos de la chingada.  Don Manuel Ávila Camacho será nuestro próximo presidente porque así lo dispuso el jefe Lázaro Cárdenas, ganándole por la vía del fraude y la violencia, al general Juan Andrew Almazán. ¿Algún problema?.

Que emocionante, ir recuperando casilla por casilla y en cada una de ellas, modificar las actas y asentar en ellas las firmas, haciéndose constar el triunfo abrumador del candidato del Partido de la Revolución Mexicana, en forma abrumadora, sin que el opositor Juan Andrew Almazán, pudiera recibir ni siquiera un voto a su favor. Bernabé Jurado pues, sin habérselo propuesto, se convirtió también en “alquimista electoral” y con ello aprendió su séptima lección, “incursiona en el derecho electoral”, ayuda a los jefes, a los políticos, a los partidos, a que estos ganen, como tengan que ganar la elección. De esta manera, el sistema político se legitimaba en las urnas, y para eso se apoyaba, de la industria del acarreo y de  la mapachería. Luego vendrían otros a conocer este noble oficio e implementar técnicas menos violentas pero igual de efectivas:  el “carrusel”, el “ratón loco”, la “urna embarazada”, las “casillas zapato”, la “operación tamal”; una y otra forma de sostener al partido cada seis años, a través del fraude electoral.
  
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Aun antes de que Lázaro Cárdenas terminara su periodo presidencial, el “Licenciado Ladrillo”, olvidando su pasado de niño burgues porfirista, que le había costado la muerte de su padre, se emparento con Adelina Hill, la hija de unos generales protagonistas de la Revolución Mexicana, a quien conoció bailando.



Se trataba de la hija de un caudillo militar que fue gobernador de Sonora y Secretario de Guerra y Marina, no estaba “¡nada mal¡”, poco le importaba si esa mujer ya había estado casada o tuviera hijos, después de todo bailaba bien, en la pista y en la cama, nada de convencionalismos religiosos y pecados de excomunión, la Ley de Carranza de Relaciones Familiares había legitimado en México el divorcio, así pues, él era abogado, él podía casarse y divorciarse las veces que quisiera, porque su actuar, no solamente era un derecho, sino que también, era muestra de una personalidad “abierta”, de “amplio criterio”, muy propio, de la nueva moral revolucionaria. De tal forma, que su octava lección sería: “casate con viejas que te permitan montarte no en ellas, sino en su medio”, máxima que podría parecerse a una recomendación de carácter pornográfico, pero que realmente no lo es, significa pues, una forma de ascender socialmente, de seguir escalando peldaños, en medio de una bola de pillos y rateros, que se decían “revolucionarios” y que gobernaban al país.

 Así su red de conocidos, se ampliaba más, al grado de escalar en el status, de la nueva clase gobernante.  El Licenciado Bernabé Jurado, era amigo del máximo líder obrero del país, pero también, conocido del expresidente Lázaro Cárdenas y además, yerno, de una de las familias distinguidas de la nueva clase gobernante que sustituyo al porfiriato. ¿Qué mas podía pedirle a la vida?. Seguir trabajando en su propio despacho y hacer negocios turbios con el jefe de la policía, para que le pasara la cartera de clientes a quienes detendrías para que él después, los defendería. Así la lana que recibía se dividiría en partes, una comisión al policía, otra para al ministerio público y la mayor parte para él. Pues el que parte y reparte, se queda con la mayor parte. Finalmente, la abogacía es sinónimo de astucia y de tranzar.

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Quizás de vez en cuando y distraerse en el cine, para ver en la pantalla grande a las actrices del cine nacional, no le caería nada mal, en pensar en cogérselas. Tendría entonces que armar un plan, para llegar a ese medio.

Bernabe Jurado como todas las mañanas lo primero que hacía era ejecutar ese plan, levantarse temprano, ir a su despacho, leer el periódico y estar actualizado de las últimas noticias. Así aprendió su octava lección, “no seas pendejo, lee, infórmate”.

La prensa no solamente reportaba, la derrota de los republicanos por los nacionalistas españoles encabezados por el “Caudillo” Francisco Franco, también hablaba del avance del ejercito nazi sobre Europa, la caída de Francia,  o los bombardeos de Inglaterra; también tenía notas del mundo de la farándula, lo que tanto le gustaba leer; las películas de la cartelera del cine nacional.  Conocer cuales serían las nuevas películas del productor Emilio “el Indio” Fernández,  así como seleccionar entre las actrices que le gustaría conocer, Susana Coria. ¡Su nueva presa¡. Novena lección: “¡Fijate un objetivo, trabaja y conquistalo¡”. 



Supo también, que el nuevo hombre del poder, no era ni siquiera ya el general Lázaro Cárdenas, quien solamente contaba con una autoridad moral irrefutable; ahora el nuevo dueño de México, no era tampoco, el presidente Manuel Ávila Camacho, sino su hermano, el gobernador de Puebla, Maximino. Quien después, sería designado Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas.


Para variar, tenía que hacerse presente en las corridas de toros en la “Monumental Plaza México”, no porque le gustara a esos putetes toreros que hacían sufrir al toro, “pobre buey”, sino porque ahí en la plaza, en las primeras gradas alcanzaba a distinguir a ese mundo de la farándula, veía por ejemplo a Jorge Negrete, María Félix, Mario Moreno “Cantinflas”, al “Indio” Fernández y desde luego, al flamante Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, siempre acompañado de cada viejerrón, entre ellas, Susana Cora.






Acercarce a Susana Cora, implicaba también, llegar al hombre del poder. No para pedirle una chamba, eso lo hace la gente pobre, “jodida”, sino para “ayudarle”, hacer sus negocios, pues la misión encomendada al Secretario, era nada  más, que industrializar al país. Resulta que la inversión pública se había multiplicado en diez veces, nunca como antes había entrado tanto dinero en el país, quizás gracias al petróleo que se le vendía a los americanos para que estos ingresaran a la guerra mundial. Fuera esa o no el motivo, había que construir en el Distrito Federal, campos deportivos, escuelas, plazas, mercados, pavimentación de calles, instalación de drenajes, colocación de luminarias; maravilloso, mil veces maravilloso, también había que construir las carreteras a Puebla, San Cristobal de las Casas, Ciudad Juárez, Laredo, Queretaro, León, Aguascalientes, Zacatecas, Durango; para volverse loco, millones y millones de pesos,  salpicaban de una y otra parte, nadie puede imaginarse la cantidad de dinero que todos esos negocios implicaba; lo que hacían que el Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, se volviera loco, narcisista, megalómano, que ya de por si era;  no había momento que desaprovechar, había que ir a sus fiestas donde conocería la “crema y nata” de la “intelectualidad mexicana”, personas excéntricas como Diego Rivera y Frida Khalo, empresarios cineastas como el “Indio” Fernández, lideres sindicales, como el mismísimo Mario Moreno “Cantinflas” que representaba éste a los trabajadores de la industria cinematográfica, uno que otro empresario de la industria de la radiodifusión que querían aumentar sus horizontes en la provincia mexicana, como Emilio Azcarraga Vidaurreta; conocer pues, quienes eran los directores de obra y los futuros contratistas, llámese Bernardo Quintana, compañía ICA o como quieran llamarse o cambiarse de nombre; conocer el importe de las “comisiones” y  allegarse de toda información, para poner en venta, la firma de un perito, de un ingeniero, o de un vendedor de terrenos; esa era sin duda alguna,  una actividad muy rentable, comprar hectáreas a bajo precio que luego serían expropiados en altas cantidades; asesorar a los contratistas para que previo pago de la comisión al Secretario, les fueran adjudicados cuantiosos contratos de obra, desde construir el mugroso kiosko o escuela en un chingado pueblo, hasta la autopista que cruzaría de extremo a extremo a todo el país; dinero hay para aventar, para hacer pachanga, para embriagarse con tanto pendejo ignorante, para conocer más y más personas y repartir tarjetas de presentación que dijera: “Bernabé Jurado. Abogado”. ¡Ahuevo chingao¡ Para eso se mata uno en la escuela, para sentarse en estas mesas y beber cuanto alcohol pueda uno, bailar con quien se pueda y ya al final, empiernarse con una que otra vieja.

Poro eso, conocer a la actriz no le causo ningún trabajo, desde joven Bernabé aprendió el arte de la seducción, entre ellos, conoció el secreto del  Casanova-Tenorio conquistador, “A las Putas trátalas como Damas y a las Damas, como si fueran unas Putas”, quizás y muy seguramente, esa sea la décima lección;  de la Merced, brincaría ahora porque no, a Hollywood. Así pues, Susana Cora sería su nueva esposa.    

Sin embargo, lo que nunca pensó Bernabé, es que las “putas” tienen también sus “padrotes” y que a veces, estos son más chingones que uno. Así que, en uno de esas “infidelidades”, Susana Cora acusó a su marido con su “padrote”, quien  era nada menos y nada más, que el hombre más poderoso de todo México, don Máximino Avila Camacho, el mismísimo Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas.

¡A chingar a su madre¡. ….llegaron los soldados al despacho de Bernabé y lo sacaron de este a la fuerza, nada pudo hacer con su insignificante pistola, ante la consigna del poderoso general y de los soldados que lo detuvieron, quienes lo deportaría a la “Siberia mexicana”, es decir a las Islas Marías.

Sin orden de aprehensión, sin haber cometido delito, más que haberse acostado con otra mujer que no fuera su esposa, pero ese no era un delito o una falta, simplemente era un desperdicio de pecado; el caso es, que Bernabé Jurado, el mejor abogado de todo México, vivió en carne propia ese autoritarismo mexicano, arbitrario, excesivo, violador de la Constitución y de las garantías individuales; ni con un amparo se salvaría, no le quedaría mas que inculcarse a sus santitos mexicanos y pedirle a esos “zardos”, que no lo mataran.
Bernabé Jurado fue castigado por el propio régimen a quien servía. Con quien le dio la carrera profesional de Licenciado en Derecho, con quien le enseño la forma de ganarse la vida, sirviendo de informante en las escuelas y después, en los sindicatos; con quien le enseño que la organización y la militancia sindical, era necesaria para la defensa de las “conquistas revolucionarias”, que realmente, era para hacer  fraudes electorales a favor del Partido y con ello, sostener a una bola e pendejetes lambiscones, igual de rateros que él, al servicio del Presidente en turno.

Sea una cosa u otra, ese mismo régimen también le enseño a Jurado, que si existía, era por ellos; y que se le perdonaban la vida, no era por diosito o la Virgen de Guadalupe, sino que también era por ellos. ¡Vete a la playa Bernabé¡. ¡Recapacita y valora tus acciones¡. ¡Aprende a respetar al adversario, a quien nunca debes subestimar”. ¡Para cabrón, cabrón y medio¡.  Acuerdate en tus horas de soledad, en la hamaca, en tu “celda”, esa pequeña casa de paja y de madera, de esa hermosa isla tropical, ahí con tus compañeros de prisión, ex lidersillos sindicales, agraristas, periodistas pseudorevolucioanrios, todos ellos comunistas agitadores que se habían rebelado al régimen;  acuérdate Bernabé de esta regla: “El sistema te hace, el sistema te solapa, el sistema también te destruye”. Onceava lección de vida. “Soy parte del sistema”. … ¡No te mataron¡. ¡Eres igual que ellos¡.   


Así pues, el mundo seguía en guerra, mientras que en México, don Máximino Avila Camacho entre fiesta y fiesta, continuaba con su negoció de “modernizar” a México, al mismo tiempo que el cine nacional florecía con las actuaciones de Jorge Negrete, María Félix, Dolores del Rio, Pedro Armendariz; el despacho de Bernabe Jurado seguía vacio, sin que apareciera su abogado titular: ¿A dónde fue?, ¿donde esta Bernabé?, ¿esta vivo o esta muerto?.  ¡No lo sé¡. - ¡Creo que desapareció¡ ….   



miércoles, 18 de febrero de 2015

LAS LECCIONES DE BERNABÉ JURADO (Primera parte)





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Todo estudiante de derecho, o persona que se dedique a ejercer la abogacía en nuestro país (México), debería saber quien carajos fue el “ilustre” e “inmemorable” abogado, de nombre,  Bernabé Jurado.

No es para más,  entender la escuela de Bernabé Jurado en un país como el nuestro, donde la práctica judicial implica vivir y conocer  el “coyotaje”, la “mordida”, el “agandalle”, por encima de cualquier conocimiento teórico relacionado con el proceso, el delito o al acto jurídico, o inclusive, mucho más allá de los valores éticos de la equidad y la justicia, es hablar del triunfo de la inmoralidad, de  los antivalores, la corrupción y de los vicios, que en un país como el nuestro, parecieran siempre predominar.

Bernabé Jurado fue un abogado que ejerció la obogacía en México, al menos durante cinco décadas. La prensa de su época lo conoció como el “abogado del Diablo”, o simplemente, el “Aboganster”.  Lo cierto es, que Bernabé Jurado, fue un celebre e ilustre  Licenciado en Derecho, cuya cédula profesional fue la 29677 expedida por la Secretaría de Educación Pública, el cual, llego a tener dos despachos jurídicos, uno de ellos en  Varsovia 3 Departamento 6, colonia Juárez; el otro, en Madero 17 oficina 221, colonia Centro Histórico, ambos en la Ciudad de México. Su intervención como abogado, lo llevo a patrocinar a personalidades públicas del país, del mundo de la política o de la farándula, inclusive, hasta de la mafia. Llego a ganar, gracias a sus argucias legales, casos polémicos, donde logro sacar de la cárcel, a personas acusadas de fraude, robo, homicidio. Fue amigo de políticos, lideres sindicales, empresarios magnates, periodistas de “nota roja”; fue también un excelente orador, un profesionista en derecho que sabía tanto teoría, pero también su muy peculiar “práctica” de comerse  las pruebas documentales que le eran adversas en los archivos de los juzgados; un “lic” generoso con boleros, archivistas, secretarios; amigo de jueces y magistrados, “cuate” de ministerios públicos y también desde luego, de todo tipo de policía, desde el policía preventivo o judicial, hasta e los policías temibles de la Dirección Federal de Seguridad al servicio del Presidente; tipo agradable, buen fumador y bebedor, consumidor también de drogas, al igual, que buen bailarin, hombre seductor irresistible a los deseos pecaminosos de las mujeres que conoció, desde prostitutas de la merced, hasta actrices de cine provenientes de  Hollywood. Abogado en México, pero también en Argentina, España y Estados Unidos. Quizás los estudiantes de derecho tanto de la Facultad como de la Escuela Libre, hubieran deseado en aquellos entonces, trabajar en calidad de “pasantes”, para ese abogado triunfador. 

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Hablar de su historia es sumamente interesante, pero uno pudiera cometer el error, de hacer héroes a los villanos, algo tan normal en países como el nuestro, donde la gente iletrada, ignorante, olvidadiza,  común y corriente, gobernada por el cinismo, el autoritarismo y la corrupción, termina por su falta de verdaderos héroes, haciendo ídolos o ejemplos de vida, a sujetos deleznables o de la peor calaña, como lo puede ser cualquier narcotraficante, sicario o delicuentillo; no sé diga, a un abogado de la talla de Bernabé Jurado.

¿Pero que tenía ese hombre que logro acuñarse el apodo de “aboganster” y dejar una “escuela”, en los cientos y miles de abogado que día a día, tratan de seguir “su ejemplo”, a veces bien, a veces mal, pero en escencia, usando las mismas triquiñuelas y argucias leguleyas, de un abogadillo, que bien, merecían decirle “tranza”, “ratero”, “mentiroso”. ¿Qué carajos tenía ese hombre, que hasta el expresidente Lázaro Cárdenas del Rio atendía sus peticiones?, o bien, que hasta el mismísimo “Caudillo”, el generalísimo Francisco Franco, el Dictador de España, lo condecorara, expidiéndole un permiso para portar arma de fuego en cualquier rincón del mundo. ¿Qué podía saber un abogado mexicano?, que hasta una importante firma de abogados americanos, con sede en Nueva York, requiriera y le pagara sus servicios, como consultor.

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Bernabé Jurado nos da muchas enseñanzas de derecho, pero también, enseñanzas, de ese “derecho”, “muy a la méxicana”, caracterizado por su criterio legalista, que esconde desde luego, el “absurdo falaz” que se construye a base de mentiras, sobornos y favores. Un abogado que conocer su “obra”, nos ayudaría a muchos entender, como funcionaria la gran maquinaria de procuración e impartición de justicia.

La historia de vida, de revolución, simulación y corrupción con el que se construyó al México del siglo XX, fue fundamental para que surgiera el tipo de abogado que fue Bernabé Jurado. Hombre de su época, cuyas enseñanzas, bien podrían seguirse aplicando en estos días. Para entender a Bernabé Jurado, hay que entender también, como funcionó ese “priísmo” corrupto, paternalista y solapador.

Nació en 1909 en la Hacienda de Canutillo Durango; hijo de Miguel Jurado Aizpuru y de doña Guadalupe del Angel de Jurado; nació pues, en buena cuna, miembro de esas 300 familias aristocráticas que cogobernaron con Porfirio Díaz, antes de que estallará la Revolución.

La Hacienda de Canutillo había permanecido intacta a los años de la revuelta, pero no lo fue por siempre. Un día, en 1916, cuando los cincuenta peones de la hacienda no pudieron resistir el sitio militar que el jefe de los Dorados”, Francisco “Pancho” Villa había hecho; don Miguel Jurado, tuvo que recapitular, además de haber sido detenido y encarcelado, por ordenes de la revolución, de quien alguna vez fuera, el “Jefe de la División del Norte”.

Fue así, como Bernabé Jurado aprendió su primera enseñanza del derecho. “la revolución hace justicia”. La violencia, por encima de la razón. Un hombre como Villa no podía entender que la hacienda de Miguel Jurado, había sido producto del trabajo y el esfuerzo de la dinastía jurado, una herencia de familia, simplemente un derecho de sangre; para Villa y su revolución, don Miguel Jurado representaba lo peor del sistema político, la explotación del campesino, protegida esta siempre, bajo la sombra del poder.

Villa, además de saquear con “su ejército” la hacienda, llevándose los caballos, los coches, las carrozas, el maíz, el trigo, las gallinas; “secuestro” al papá de Bernabé y pidió además a la mamá de éste, el “rescate” para soltarlo. La fortuna de los Jurado, apenas de 500 mil pesos oro, fue insuficiente, para el segundo capricho de Villa; “comprar la Hacienda”. – “¡Firmele¡. Una compraventa forzada, coaccionada, donde no había precio ni voluntad, mas que la “donación” a la causa. Don Miguel Jurado no quiso firmar la entrega de su hacienda y entonces el general, con toda su fuerza y crudeza, ordeno el fusilamiento de dicho hacendado. Bernabé, el hijo del ajusticiado, fue testigo de como la revolución, no solamente le había robado su patrimonio y asesinado a su padre, sino dejado en la pobreza.

  Habiendo muerto el padre, la orden del general fue también “ajusticiar” a la viuda y el escuincle. Doña Guadalupe, alcanzó huir con sus tres hijos, para esconderse a las minas de Parral. El niño Bernabé, no le dolió que los “bandoleros” de Villa le robaran su Pony en el cual se montaba; lo que le dolía sin darse cuenta, era saber que ese hombre, al que pueblo le daba las cualidades de “bueno” o  “justo”, inclusive considerándolo un “héroe de la patria”,  fuera realmente un maldito asesino, un vil ladrón, un “gandalla”. Mientras el general Villa termino haciendo de la Hacienda de Canutillo, su morada donde pasaría los últimos años de su vida, el niño Bernabé se convirtió en un adolescente que trabajaba en las profundidades de las minas de Parral. Ahí aprendió a convivir, con la gente que no era de “su clase”, a trabajar como un minero más, así como mirar desde lejos, a uno que otro ingeniero ingles, al que gustaba escucharlos, aunque no los entendiera.

Pasaron cuatro años, hasta que un día, Bernabé fue “rescatado” por uno de sus “hermanos”. Se lo llevo a vivir a México, porque ahí, era un lugar donde podía trabajar y estudiar, además de conocer, a las hermanas de su difunto padre. Bernabé llegó a la Ciudad de México, en una época, donde continuaba la turbulencia; los militares de gran parte de la República Mexicana habían desconocido al “Primer Jefe”, a quien acusaba de imponer a su candidato presidencial. La prensa, la gente común y corriente, gritaba “vivas” al general Álvaro Obregón, algo que en el recuerdo de un niño, no se le borraría. El “viejo barbas de chivo”, don Venustiano de Carranza huiría del país con todo el oro del tesoro público, en veinte trenes que partirían al Puerto de Veracruz. Lo cierto es, que Carranza nunca llegaría a su destino, pues fue asesinado en Tlaxcalatongo y su cadáver, regresado a la Ciudad de México, (ya sin el oro que se había llevado), donde el pueblo, le lloró y le hizo homenajes a su “revolucionario caído”. El adolescente Jurado, aprendió su segunda lección de derecho: “¡La gente siempre olvida¡”. “ayer te odian, mañana te aman”. No es más que  “La revolución, se come a la revolución”.  Álvaro Obregón llegaría a la Ciudad de México y meses después, sería el Presidente de la República.




El “niño” tenía que estudiar en una muy buena escuela; es decir, debía de tener formación acorde a su clase; debía preparársele para los santísimos sacramentos, su confirmación y su comunión, que mejor hacerlo en una escuela católica. Pero Bernabé no quería estudiar, su cuerpo de una complexión alta, mostraba una edad que no era la real; un “niño grandote”, que se convirtió en tan poco tiempo en un adolescente imperdenido, que por su temperamento norteño, nunca permitió que sus compañeros se burlaran ni de su edad, estatura, ni mucho menos por su acento en la forma de hablar. Vivía en la colonia Santa María la Ribera, sabía que después de Insurgentes, había que brincar las bardas y entonces, encontraría un submundo que le recordaba sus años de minero, una “ciudad pérdida” conocida como la “Colonia Guerrero”, donde había mucho ferrocarrilero y uno que otro lépero borrachin; ahí Bernabé conoció lo que fueron las carpas, el teatro de comedia que le enseño alburear y contar chistes picaros; también, fue ahí donde tuvo sus primeras experiencias sexuales, mujeres que le entregaban sus pechos y nalgas a cambio de unos cuantos pesos que le “robaba” a sus tías, una vida placentera con la palomilla, en una época en que además, tenía que asistir a misa con sus tías, en medio de un gobierno de otro revolucionario más, Plutarco Elías Calles, alías “el turco”, quien ya empezaba a dar muestras de autoritarismo e intolerancia, en contra de la religión católica.

¡Bernabé¡ ¡Bernabé ….¡. ¿Dónde te has metido?. Sin padre y ni madre y con cuatro tías viejitas, dignas de comparárseles a las “señoritas Vivanco”, el joven Bernabé buscaba uno que otro trabajito, así como seguía visitando las colonias más excéntricas de la ciudad, como el barrio de la Merced, donde aprendió a conocer más mujeres cariñosas que le enseñaron los secretos del kamasutra; en sus visitas a dichos barrios, aprendió un poquito de derecho inquilinario, las huelgas inquilinarias exigían al gobierno, la “congelación de las rentas”, ahí, aprendió la trifulca, el juicio de desahuicio, y también a conocer lo que eran los “madrazos” con los policías, los abogados y los actuarios; los inquilinos se organizaban y colocaban cuanta bandera rojinegra podían exhibir en señal de protesta; al mismo tiempo, que los clérigos, cerraban las iglesias, en señal de protesta por las medidas autoritarias del Presidente Calles.

¡Se viene otro desmadre más en el país¡.

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Bernabé quiso ser militar, pero las tías se lo prohibieron. ¿Cómo podía ser militar en un gobierno de la revolución?. ¿Qué acaso no sabes, que fue la revolución el que mató a tu padre y te robó lo tuyo?. Bernabé sintió una desilusión. En un submundo que visitaba, se percataba que eran los militares, los que más se les respetaba y pues él, quería ser uno de ellos; si él hubiera optado por ser curita como quizás hubieran querido sus tías, le hubiera pasado lo mismo que su padre. ¡Tarde o temprano lo fusilarían¡.




Mientras el gobierno revolucionario de Plutarco Elías Calles practicaba redadas para detener a cuanto curita, monjita y mocho persinado encontrara; el joven Bernabé tuvo la ocurrencia de sumarse al movimiento cristero; acudía con su líder curita y le pedía su dotación de volantes, el cual se disponía como ruta de acción política, visitar a las cantinas y prostíbulos del lugar, con el fin de “salvar” a las almas perdidas. El joven Bernabé, entendió que su “posición santa”, le permitía llegar nuevamente a los lugares más inhóspitos, de la ciudad, en búsqueda de los vicios más placenteros de la existencias humana: el sexo. Entonces Bernabé aprendió su tercera lección de derecho mexicano: “El hábito no hace el monje”. Simula lo que no eres, “las apariencias engañan”, miente, engaña, actúa, pero al final, saca provecho.

Fue precisamente en esos días en que el joven Bernabé “practicaba” su activismo político, a favor de la causa cristera, cuando la policía del apostata de Calles, “el Turco”, lo detuviera y lo llevará a los separos de la policía. Fue ahí donde Bernabé aprendió otra lección de vida, lo que vendría siendo la cuarta lección de derecho: “Tienes que pisar alguna vez la cárcel”. Solamente de esa forma, puede tener uno contacto con ese bajo mundo, de forma real y cruda y no a modo de desmadre, como acostumbraba hacerlo. Fue precisamente en los separos de la jefatura de la policía, donde descubrió, en que consistía el agandalle de los celadores, los policías brutales y burlones que a punta de macana y arma en fuego, podían violar a cuanta mujer quisiera y madrear sin misericordia, a quien se les pusiera gallito o la hiciera de “pedo”; todo esto, al mismo tiempo que el “señor justicia”, el Juez, Ministerio Público, o como se le llamara, ni aparecía. Entonces, supo una verdad, que así lo escucho de los otros reos: ¡Al carajo la constitución y las garantías individuales¡. A la cárcel se llega por pendejo, no porque el Estado, viole tus derechos, que sepa la madre, cuantos y cuales son.  

Salió de la cárcel, sin juicio y sin siquiera haber pagado nada; salió quizás porque como chamaco que se le veía, les cayó bien a los policías y por eso lo soltaron. A partir de ese momento aprendió algo muy importante en su vida, su quinta lección de derecho, “ser complice de la autoridad”, hay que hacer “miguis” con los policías, ellos, o cualquiera de esos pendejetes que porte alguna charola o pistola, uno no sabe en que momento, lo pueden a uno ayudar.

Tan pronto salió de la “cárcel”, después de haber estado preso unos días, por haber defendido “la causa de dios”, cuando llegó otro momento importante que definió su vida, además de afirmar su carácter y convertirse quien llegó a ser. Fue un momento doloroso, el cual supo salir adelante con inteligencia y audacia. Fue el día de la traición, cuando se enteró que sus tías, tramitaban el juicio sucesorio de su padre Miguel Jurado  y se entero, que él, Bernabé Jurado, hijo de Miguel Jurado, ni siquiera había sido reconocido por éste. “Era un bastardo”. Su padre había tenido muchos hijos por ahí regados y su madre, quizás una de las tantas mujeres de su difunto padre. Razón tenía el difunto general Villa de haber ajusticiado a su padre, pues quizás era tan repugnante, como aquel hacendado que alguna vez violará a la hermana del “Centauro del Norte”. Un riquillo prepotente, que aprovechándose de su posición, seducía a cuanta mujer le complaciera, sin asumir responsabilidad de paternidad alguna.  “¡Yo jamás tendré hijos¡”, “que poca madre de mi señor padre”; entonces, soy un hijo de la chingada, mis tías me hacen el favor de quedarme en sus casas, pero no soy “legalmente” su sobrino y por lo tanto, los pocos mendrugos de pesos de la herencia de mi padre, ningún centavo de ellos, le toca a mi madre, a mis hermanas y a mi; “¡Que poca madre¡. El caso es que Bernabé Jurado, tuvo su “primer juicio”, demostrar que él, si era el hijo de su padre y que por lo tanto, podía portar con orgullo el apellido de su padre, pero no tenía ni siquiera un papel que así lo acreditara y asesorándose de algún abogado, supo entonces que para adquirir la herencia, de forma legitima, su madre necesitaba el acta de matrimonio y él, junto con sus dos hermanas, el acta de nacimiento. Sólo de esa forma, podía excluir de la herencia, a sus tías.

Dicho y hecho. No tenían pruebas documentales para acreditar el vinculo jurídico de paternidad, pero eso si, en el inframundo que visitaba Jurado, aprendió muchas cosas. En la Plaza de Santo Domingo, a través de una módica cantidad de dinero, pudo tramitar el acta de matrimonio y de nacimiento, suyo y el de su hermana. ¡Asunto arreglado¡. Su padre no había tenido más familia que a ellos y a la s cacatúas de sus tías, por viejas culeras, no les tocaría nada, más que puras mentadas de madre.

Bernabe Jurado aprendió mucho con esta lección de vida, aprendió que la familia no era “su familia”, que la misma, podía traicionarlo, mentirle, inclusive, robarle; aprendió también que “papelito habla”, que era muy importante tener documentos de todo y para todo y sino existían esos papelitos, pues había entonces que crearlos. Para eso estaban las falsificaciones, las cuales tenían que ir acompañadas de algunas pequeñas mentiras que parecían verdades. Decir por ejemplo al juez, “bajo protesta de decir verdad”, que las actas que exhibían eran autenticas y que sus originales ya no existían, toda vez que durante los años de la revolución, se habían quemado lo archivos. Así pues, la revolución se convertía, de haber sido algo real, en una anécdota, en un vil mito fantástico, también desde luego, en alguna mentira.  

Quinta lección de derecho: “papelito habla”.  Había logrado salvar la herencia de los seres que mas quería en la vida, su madre y su hermana. Y lo había hecho, gracias a que aprendió de algún abogado que eso tenía que hacer. De tal forma, que el buen Bernabé, con los pocos mendrugos de pesos que pudo obtener de la herencia de su padre, decidió emprender su camino. ¡Sería abogado¡.

Eligió la Escuela Libre de Derecho para cumplir tal fin, pero la verdad, le aburrían las clases de sus maestros, igual de mochos mojigatos y persinados que las cacatúas de sus tías; lo que le encantaba de la Escuela, era el “desmadre” que hacía; su vocación por el deporte, el atletismo, el futbol, lo hacía convertirse en el líder nato para armar verdaderos desmadres con sus compañeros, al diablo pues las clases de latín y de derecho romano, mejor organizar torneos de escupitajos, haber quien lanza el gargajo más asqueroso, el más distante y sobre todo, haber quien chingados lo recibe, en uno de esas, fue objeto de ataque hasta el Director de la Escuela, don Pedro Lascuirain Paredes, quien sin pensarlo un segundo, con toda su cabeza bañada por tal liquido asqueroso gelatinoso, término por expulsar a ese estudiante sin verguenza.




¡No importa¡. Ahí esta la otra escuela de derecho, la Nacional de Jurisprudencia, la que pertenece a la Universidad de México; ahí le revalidaron sus estudios y sus clases de desmadre, fueron mucho mejores que las que aprendió en la “Libre”. Sobre todo, el tipo de profesores eran diferentes, nada que ver, que los viejitos de la Libre, ahí aprendería derecho administrativo del maestro Gabino Fraga y derecho laboral, a cargo de dos de sus mejores maestros,  Mario de la Cueva y el gran líder obrero, Marcelo Lombardo Toledano.
“Se trata de detectar “conejos”. - ¿Qué chingados es eso – pregunto Bernabé – “conejos”, son los activistas sinarquistas financiado por el Arzobispado de la Ciudad que con el beneplácito del Vaticano, se han dedicado a despotrificar en contra del gobierno surgido de la revolución mexicana. - ¿Qué hay que hacerles?.- buscarlos, identificar quienes son, simplemente partirles la madre. Hacerles entender, que éste gobierno, llego para quedarse.

Bernabé Jurado en sus años de estudiante se dedico precisamente eso, a cumplir con las instrucciones que sus jefes políticos le mandaban. “Hay que organizar a la clase obrera”. El Presidente Lázaro Cárdenas necesita el apoyo del pueblo para emprender las grandes acciones revolucionarias que emancipara el pueblo del imperialismo, eso le decía el maestro Lombardo Toledano, un líder comunista con buenos gustos para vestir como todo un burgues, pero con una labia y una ideología, que solamente los marxistas comunistas entendían; si la revolución mexicana era comunismo y nacionalismo, y si el método de la lucha era apoyar a los obreros, a los trabajadores de la industria de la construcción para demandar a sus patrones y organizarlos en sindicatos e imponer también, en su escuela, un ambiente de terror y relajo, incitador al pecado, al agandalle, al desmadre, para correr a cuanto “conejo” hubiera en la Universidad, entonces Bernabé era el indicado para hacerlo. Nunca le habían pagado por ir a la escuela y hacer desmadre. Pudo enfocar entonces, toda su furia y crueldad, contra los débiles, contra los estudiosos, contra los alumnos tímidos y temerosos; a cortarles el pelo, a romperles sus lentes, a quitarles sus cuadernos, a rayarles la cara, a patearles el culo y golpearlos con todo, patada, puño o golpes suaves, como los “manotazos”, sin olvidar su técnica del escupitajo, que ya para entonces había perfeccionado; de paso, había que quitarles la torta y la cartera y si en una de esas se descuidaban, también hasta la novia o la hermana.    ¡Total¡.  Los obreros apoyaban al movimiento de perseguir católicos burgueses, reaccionarios y enemigos del régimen, que el presidente Lázaro Cárdenas orgullosamente presidía.

Bernabé Jurado es un porro - ¡No, es un abogado¡ - Los albañiles de la industria de la construcción adoraban a su defensor, el “Licenciado Ladrillo”, estaba con ellos, los entendía como gente del pueblo que era, además de saber alburear y hablar la misma lengua, el señor era todo un letrado, un abogado, un hombre justo.- Bernabé Jurado como nunca antes, había sentido la experiencia idealista de ser un abogado revolución, pero también ser un tipo poderoso.

En su estancia como estudiante de derecho, hizo cuanto desmadre pudiera y le permitieran hacer. Novatada tras novatada, sacaba de las aulas a lo compañeros de nuevo ingreso, para raparles el pelo y descamisarlos, para pasearlos por las calles del centro, como viles perros. Quien se opusiera, Bernabé y su cámarilla de amigos, respondería con madrazos, escupitajos y si la situación lo ameritaba, a balazos. Pues para ello, portaban armas de fuego. Esa es la manera de hacer la revolución, el líder obrero Marcelo Lombardo Toledano, desde la poderoso emporio sindical de la CTM, le ordenaba a organizar los soviets, para en cualquier momento, apoyar al presidente en su gobierno nacionalista revolucionario.

Sexta lección del derecho. Acercate a los poderosos, sé como ellos. El líder obrero, organizo el sindicalismo fuerte que requería el régimen revolucionario y promovió cuanta huelga pudiera, para obligar a los patrones a pagar salarios justos, pero sobre todo, detrás de esa política sindical, se encontraba la línea directa del Presidente, de hacer posible, aun contra sus enemigos, los reaccionarios, el ideal revolucionario.

Bernabé Jurado se titulo como Licenciado en Derecho, el día de su titulación, fue todo una fiesta, sus clientes, los albañiles de la industria de la construcción, le trajeron mariachis, hubo tequila y taquiza; y de paso, una que otra mesera guapa, que no pudieron resistirse a los encantos del “Licenciado”. ¡Ese es el mejor abogado de todo el país¡. ¡Con mucha conciencia de clase¡. ¡Con patriotismo¡. ¡Con moral revolucionaria¡. Es hora, mi querido Bernabe, - dijo el líder obrero -  que conozcas al Presidente Cárdenas.

 Ahí frente a la comida, que le organizaban al Presidente, entre jilguerillos y oradores, entre diputados, líderes, militares y funcionarios, el Licenciado Jurado pronunciaba un discurso al Presidente de la República. Dijo que “México necesita estadistas, no lideres, no políticos, sino  lideres sociales”. Definitivamente caía muy bien el joven opuesto abogado, quien era conocido en el ambiente sindical como el “Licenciado Ladrillo”, líder de los albañiles, consultor del sindicato de trabajadores de la construcción, alumno y “apadrinado” del maestro Vicente Lombardo Toledano.  

Lázaro Cárdenas le expropiaría el petróleo a las compañías americanas, mientras que el joven abogado Bernabe Jurado, iniciaría a la par del régimen revolucionario, su carrera en ascenso, para convertirse años después, en el mejor abogado de todo México.